La Antigua nos pone a prueba: arranca el reto para los nuevos guías de turismo
22 de julio | Hoy fue un día clave para quienes aspiramos a convertirnos en guías locales certificados. Empezó la tan esperada prueba de fuego para los estudiantes del curso de Guía Local de INTECAP Sacatepéquez.
Esta vez no se trató de descubrir un rincón poco conocido, ni de planear cómo tomar el bus a alguna aldea lejana. Hoy el escenario fue el corazón turístico del departamento de Sacatepéquez: el Centro Histórico de Antigua Guatemala. En dúos o de forma individual, los asignados para esta jornada se prepararon para conducir un tour en algunos de los lugares más emblemáticos de la ciudad.
¿Y qué se evaluó? Nada más y nada menos que la conducción turística: la elaboración de fichas técnicas, la capacidad de guiar y conectar con el público, y, por supuesto, los conocimientos históricos y patrimoniales. Después de cada guiaje de grupo o individual, el profesor Guillermo Cuéllar se quedaba con los encargados de los tours, dando los respectivos comentarios y evaluaciones.
Qué nervios… pero así es este proceso: emocionante, exigente, lleno de aprendizajes, y por qué no, también frustrante en algunos momentos, porque nos damos cuenta de que a medio camino aún, hay mucho esfuerzo que dar para poder estar a la altura de la demanda turística de un lugar como este Patrimonio de la Humanidad. Pero así, seguimos adelante… paso a paso, piedra sobre piedra, construyendo nuestro camino como futuros guías locales.
Los lugares seleccionados para la exposición de hoy fueron:
- Iglesia El Calvario
- Iglesia San Francisco el Grande
- Las Obras Sociales del Hermano Pedro y Tanque La Unión
- Catedral de San José
- Parque Central
- Convento de las Capuchinas
La mayoría nos vimos puntualmente a las 8:00 a.m. frente a la Iglesia El Calvario, donde arrancaron las presentaciones.
Primera parada: El Calvario y los pasos que aún se sienten
José Mario y Nesfor fueron los primeros en abrir la jornada de evaluación, y lo hicieron desde un lugar profundamente simbólico: la Ermita del Santo Calvario. Su exposición no se centró tanto en fechas o estilos arquitectónicos, sino en algo igual de significativo y que forma parte del corazón de la liturgia de la Semana Santa en La Antigua: los pasos de Cristo en su camino hacia el Calvario.
Nos explicaron que esta ermita representa la última estación del Vía Crucis tradicional de la ciudad, y que, según se cuenta, hay exactamente 1,322 pasos entre la iglesia de San Francisco el Grande y El Calvario, número que simboliza el trayecto que Cristo recorrió desde el Pretorio hasta el monte del Gólgota. Nesfor nos leyó los versículos bíblicos que acompañan este acontecimiento.
Además, supieron captar nuestra atención de forma original. José, quien también es bartender profesional, utilizó utensilios como mezcladores y cucharas largas de metal para recrear el sonido de una campana. Con ese gesto, nos llevó a recordar una de las frases más conocidas del Hermano Pedro, quien —según la tradición— salía a las calles con su campana en mano para invitar a la reflexión. Al tocarla, repetía: “Acordaos, hermanos, que un alma tenemos, y si la perdemos, no la recuperamos.”
También nos mostraron un pequeño espacio dentro del templo donde vivió por temporadas el Hermano Pedro de Betancur, el primer santo de Centroamérica, reconocido por la Iglesia Católica. En la parte trasera del templo se conserva lo que fue su cuarto o celda: un lugar sencillo, donde oraba, dormía en el suelo y desde donde salía a servir a los más vulnerables.
Pasamos buen tiempo en el jardín trasero de la iglesia, donde se encuentra el retoño del árbol de esquisúchil, sembrado originalmente por el Hermano Pedro. El árbol original murió alrededor de los tiempos de la pandemia de 2020, pero de su tronco brotó una nueva vida que fue rescatada a tiempo: un árbol joven que hoy está creciendo fuerte y sano.
Para cerrar, realizamos una dinámica con pistas, adivinanzas y utensilios de bartender escondidos en el jardín. Esto nos permitió explorar aún más el entorno del templo, descubrir otras estaciones de la tradición católica del Vía Crucis, observar de cerca otros árboles de esquisúchil y disfrutar de una sorpresa: una vista soñada del Volcán Hunahpú (Agua) que se revela justo desde ese punto.







Segunda parada: de los Pasos a San Francisco el Grande
Después de terminar la exposición en El Calvario, caminamos por la histórica Calle de los Pasos, recorriendo simbólicamente, pero en sentido contrario, los 1,322 pasos que, según la tradición, representan el trayecto que hizo Cristo hacia el lugar del sacrificio. Esta caminata de unos 15 minutos nos llevó hasta nuestra siguiente parada: el templo de San Francisco el Grande.
Allí nos esperaba Melvin, quien nos recibió fuera del templo, justo en la calle, y nos dio una introducción que nos ayudó a entrar en contexto. Nos explicó que a Antigua Guatemala se le ha llamado “la Jerusalén de América” porque, se procuró reproducir el recorrido de la Pasión de Cristo a través de sus templos y calles, especialmente en el Vía Crucis que culmina en El Calvario, al igual que en Jerusalén. Esta explicación fue una excelente forma de empezar, y nos preparó para lo que vendría: una exposición enfocada en el valor religioso del templo.
Entramos al terreno amurallado donde se encuentra el templo, y una vez dentro, Melvin centró su explicación en la arquitectura y decoración religiosa del lugar. Nos contó que la fachada es un claro ejemplo del estilo barroco colonial, con tres cuerpos bien definidos, columnas salomónicas y nichos que resguardan imágenes religiosas. Entre ellas destaca San Francisco de Asís, fundador de la orden franciscana, además de otras imágenes relacionadas con esta comunidad. Nos hizo ver que la fachada no solo embellece el templo, sino que narra en piedra y estuco la historia de la orden.
Melvin quiso poner a prueba nuestra atención a su exposición y generó una dinámica de la “papa caliente” con música de fondo en vivo, usando un caparazón de tortuga y una maraca, mientras pasaba un papelito con una pregunta escrita en él. ¡Lo bueno es que hubo premios, porque el reto fue grande!
Dentro del templo, Melvin nos guió entre cuadros y nichos decorados y nos explicó con detalle la técnica del pan de oro, usada para dar brillo a muchas de las imágenes religiosas. Este método consiste en aplicar finas láminas de oro sobre madera tallada, como muestra de respeto y devoción. Además no enseñó una muestra de pan de oro.
También pudimos ver imágenes de Cristo crucificado, la Virgen María y otras, muchas de ellas elaboradas en los siglos XVII y XVIII. Algunas se conservan en sus nichos originales y otras siguen siendo utilizadas en las procesiones de Semana Santa.
El recorrido terminó con un momento especial frente a la tumba del Hermano Pedro, ubicada en la cripta del templo. Ya nos habían hablado de él en El Calvario, como un hombre al servicio de los más necesitados, y aquí tuvimos la oportunidad de detenernos un momento frente a su tumba, que cada año recibe a miles de fieles.
Finalmente, salimos al patio trasero del templo, donde nos esperaba un detalle especial: un árbol de esquisúchil, especie muy relacionada con el Hermano Pedro.
Antes de irnos, vale la pena decir que Melvin condujo al grupo con mucha seguridad y dominio del tema. Fue evidente su preparación y el cariño con el que compartió su conocimiento.
¡Gracias, Melvin!


Tercera parada: El hospital de las Obras del Hermano Pedro y Tanque La Unión
Nuestra tercera parada del recorrido fue un lugar muy especial: la iglesia de San Pedro Apóstol, donde actualmente funciona un espacio emblemático de Antigua Guatemala: el hospital de las Obras Sociales del Hermano Pedro y, justo en la plaza de al lado, el Tanque La Unión, el lavadero más emblemático de La Antigua.
En esta ocasión, la exposición estuvo a cargo de David y Magdalena, quienes nos recibieron con una presentación diferente a las anteriores. Nos esperaban al ingreso del acceso al hospital, con una carretilla de supermercado, ya que el costo simbólico de ingreso fue donar víveres para los pacientes y residentes del hospital. Un gesto sencillo pero profundamente coherente con el espíritu del lugar. Junto a ellos se encontraba José, representante de las Obras Sociales del Hermano Pedro, quien nos guió al interior del hospital, con una explicación bastante informativa sobre el funcionamiento de esta institución.
Las Obras Sociales del Hermano Pedro fueron fundadas en 1984 por Fray Guillermo Bonilla, inspiradas en el legado de servicio del Hermano Pedro de Betancur. Su misión es atender de forma gratuita a personas de escasos recursos que necesitan atención médica, hospedaje o cuidados especiales, sin importar su origen, religión o condición.
José nos explicó que, aunque el templo y las instalaciones se encuentran en un lugar privilegiado del centro histórico, el espacio donde funciona el hospital y sus programas es alquilado a la Municipalidad de Antigua Guatemala, lo cual hace aún más valioso el esfuerzo de sostenibilidad que realiza la institución, ya que deben cubrir no solo los gastos operativos, sino también el uso del inmueble. Actualmente, las Obras Sociales ofrecen servicios médicos, hospitalización, laboratorios, farmacia, rehabilitación, cirugías, un hogar permanente para personas con discapacidad, comedor solidario y más de 25 programas activos. Todo esto se sostiene gracias a las donaciones, el voluntariado y la solidaridad de personas e instituciones locales e internacionales, así como aporte del Tesoro del Estado. José nos aclaró que los servicios subsidiados son solo para personas de escasos recursos, pero cualquiera puede pasar consulta en el hospital o someterse a una intervención médica, pagando el precio que es general para todo público.
También conocimos que, además del hospital que visitamos, la institución cuenta con un hogar para ancianos, organiza brigadas médicas en comunidades rurales y tiene una escuela de formación para voluntarios.
La visita fue, sin duda, un cambio de ritmo. De la historia y el arte pasamos al contacto directo con la realidad viva del servicio y la compasión.
Finalmente, José nos llevó al Museo de Sitio del Hospital de las Obras Sociales del Santo Hermano Pedro. En este pequeño, pero valioso espacio se narra visual y textualmente la historia y evolución de las Obras Sociales, desde su fundación en 1984 hasta la actualidad. Uno de los elementos más especiales del museo es que se conserva una sección de la calle empedrada original de Antigua Guatemala. Esta calle fue descubierta durante trabajos de restauración y hoy forma parte del recorrido del museo como un símbolo tangible del pasado colonial y del legado de la ciudad.
Al salir del hospital, David tomó unos minutos más para explicarnos los detalles arquitectónicos de la fachada de la Iglesia de San Pedro Apóstol, el templo anexo al complejo hospitalario. Nos señaló la sobriedad del diseño, propio del estilo barroco austero. También resaltó el uso de columnas toscanas, el equilibrio de los volúmenes y el diseño sencillo pero armónico, muy característico de las iglesias de esta etapa.
Un dato importante que aprendimos fue que esta iglesia fue construida por Joseph de Porres, uno de los arquitectos más importantes del siglo XVII en Santiago de Guatemala. Para hacer más dinámica la explicación, David nos propuso el juego del “Ahorcado”, donde un compañero, Ricardo, hacía el papel del ahorcado, y teníamos que adivinar el nombre del arquitecto letra por letra. Cuando no adivinábamos, Ricardo perdía un miembro, quedando al final solo sobre una rodilla. Una manera divertida de aprender… ¡y que asegura que no olvidaremos quién construyó ese templo!
Luego, David nos compartió la historia de Joseph de Porres, un personaje verdaderamente admirable. Nació y murió en Santiago de Guatemala, y fue hijo natural de Juan de Porres y Pascuaza de la Concepción, de origen étnico mezclado (mestizo y mulato), como muchos artistas y artesanos de la época. Aunque fue analfabeto al inicio de su carrera, logró formarse en el oficio trabajando con el alarife Juan Pascual, a quien sustituyó en 1666 para construir la iglesia del Hospital de San Pedro, la primera en la ciudad con bóveda. Su analfabetismo inicial y su origen le trajeron muchos obstáculos en cuanto al reconocimiento de su obra, la cual incluyó la Catedral, la iglesia de Belén, el Monasterio de Santa Teresa, el templo de la Compañía de Jesús y la iglesia de San Francisco. Fue el primero en introducir la columna salomónica en la arquitectura del Reino de Guatemala, un detalle que marcaría el estilo de muchos templos posteriores.
Fue el primer maestro mayor de Arquitectura de Santiago, nombrado por el Ayuntamiento en 1687. Joseph de Porres logró dejar un legado monumental y ser reconocido como uno de los grandes constructores de la Antigua Guatemala.
Tras la exposición de David, seguimos a Magdalena hacia el Tanque La Unión, en donde ella nos dio los principales detalles de su historia, y además jugamos a la papa caliente con un lipstick y al ritmo de marimba, juego en el cual probó si habíamos puesto o no atención. A mí me ponchó con la pregunta, pero reconozco que mi fuerte no es memorizar fechas.
En síntesis, aprendimos que este conjunto de lavaderos públicos y tanque de agua fue inaugurado en 1853, durante la época republicana, y recibió su nombre por estar frente a la Plaza La Unión, espacio utilizado por cofradías y procesiones. Aunque se construyó ya fuera del periodo colonial, fue diseñado respetando la estética arquitectónica de la ciudad y su valor patrimonial.
El tanque y sus lavaderos fueron pensados como un espacio comunitario, especialmente para las mujeres antigüeñas que llegaban desde temprano a lavar ropa, intercambiar noticias y convivir. Cada lavadero está conectado a una fuente común, lo que permitía el acceso al agua sin tener que cargarla desde lejos.
Hoy, el Tanque La Unión ya no cumple su función original, pero se conserva como un símbolo de vida cotidiana y comunidad, o así como lo dijo Magdalena: “un lugar en donde llega la gente a enamorar.”






Cuarta parada: La Catedral de San José y sus ruinas
Nuestra cuarta parada fue uno de los lugares más imponentes e históricos de toda la ciudad: la Catedral de San José y sus ruinas. Esta parte del recorrido estuvo a cargo de Ana Lorena y Ericka, quienes nos condujeron desde el Tanque La Unión hasta el frente de la fachada principal para darnos los datos generales del templo.
Nos contaron que la catedral comenzó a construirse en 1545, y la estructura que vemos hoy corresponde a la gran reconstrucción iniciada en 1670 y finalizada en 1680, bajo la dirección del reconocido arquitecto Joseph de Porres, sobre quien ya nos había contextualizado David en la parada anterior. Esta iglesia fue inspirada en la Catedral de Puebla, en México, pero muchos coinciden en que la de Antigua tiene una belleza propia, más sobria y armoniosa, y para algunos superó a la de Puebla.
Ana Lorena también nos explicó que la catedral fue levantada con una ligera elevación sobre el nivel de la ciudad, lo cual simbolizaba su jerarquía dentro del trazado urbano colonial. Su fachada actual, de estilo barroco austero, presenta nichos con imágenes de santos y columnas que enmarcan la entrada principal. Las figuras que decoran la fachada hoy son réplicas, ya que muchas de las originales fueron trasladadas o destruidas durante los terremotos.
En lo personal, al fin se aclararon dudas que tenía sobre por qué Santiago sigue siendo el patrono de la Antigua, pero la catedral es dedicada a San José. Con lo dicho por Lorena y Ericka y un poco de investigación, tengo claro lo siguiente: durante la época colonial, Santiago Apóstol (Santiago el Mayor) fue el patrono oficial de la ciudad. Por eso, la catedral construida en el siglo XVI, y luego reconstruida en el XVII, llevó su nombre: Catedral de Santiago Apóstol. Su fiesta se celebraba, como sigue celebrándose, el 25 de julio, con mucha solemnidad y participación popular. Pero tras los terremotos de 1773, la ciudad fue parcialmente abandonada y la sede episcopal trasladada a la Nueva Guatemala de la Asunción. La catedral quedó en ruinas. Con los años, una parte de esa gran estructura fue restaurada para volver a funcionar como iglesia activa, y fue entonces cuando se le dio el nombre que conocemos hoy: Parroquia de San José.
Desde entonces, el patrono de la parroquia es San José, esposo de María y padre adoptivo de Jesús. Su fiesta se celebra el 19 de marzo, y actualmente es uno de los días más importantes para la comunidad parroquial.
Aunque la catedral dejó de llamarse así, Santiago Apóstol sigue siendo el santo patrono histórico de la ciudad. Su nombre está presente en la historia oficial, en documentos antiguos y en la memoria colectiva. Muchos antigüeños todavía lo recuerdan como el gran protector de la ciudad.
Luego de un tiempo ante la iglesia, ingresamos a las ruinas, cuya entrada tiene un costo de 10 quetzales para nacionales. Allí, Ana Lorena nos habló sobre la institución responsable del resguardo y cuidado del recinto, ya que detrás de su aspecto resguardado y catalogado hay un grupo que vela por ello: el Patronato Pro Conservación de San José Catedral. Este patronato es una asociación sin fines de lucro, creada en 2014 por iniciativa de la Arquidiócesis de Guatemala, antigüeños y amigos de la ciudad. Se encarga de liderar esfuerzos para conservar, restaurar y rehabilitar el conjunto monumental de la antigua catedral y el palacio arzobispal, gestionar el uso sostenible y cultural del lugar, y garantizar que los espacios puedan seguir siendo de encuentro para guatemaltecos y extranjeros, con respeto a su valor histórico y religioso. Por ello, tal como Ana Lorena destacó, son los responsables de que los eventos que allí se realicen, bodas u otros culturales y pastorales, guarden las normas necesarias para su integridad y que además dichos fondos ayuden a sus objetivos propuestos.
Y así, entre detalles curiosos sobre las ruinas y su resguardo, nos fuimos internando entre los muros caídos, los arcos abiertos al cielo y las columnas rotas, hasta llegar a una sección que se cree fue la cripta donde estarían enterrados personajes importantes de la época colonial, como Pedro de Alvarado, Doña Beatriz de la Cueva y Doña Leonor, entre otros.
Por supuesto, no pudimos resistirnos a tomar fotografías. Las vistas que se forman a través de los muros rotos, las cúpulas abiertas y los huecos hacia el cielo son simplemente espectaculares. Cada ángulo parece una postal: piedra, luz y cielo en perfecta armonía.
Finalmente, Ana Lorena y Ericka quisieron premiar nuestra participación con un juego de lotería chapina. Nos repartieron los cartones y los frijolitos. Hubo premios, y aunque completé al final una línea diagonal, ya no había premios disponibles. ¡Andaba saladita, verdad! Lo compensó que Magdalena me regaló una bolsita de dulces que no me había ganado en su dinámica en el Tanque La Unión por no contestar correctamente, pero me quiso dar un reconocimiento de consolación.
Faltaban 5 minutos para la 1 p.m. y ya era hora de almorzar. Quedamos de vernos en la siguiente parada 5 minutos antes de las 2 p.m. para el siguiente tour.










Quinta parada: Una pausa entre aromas, historia y misterio: el Parque Central
Nuestra quinta parada del día fue el Parque Central de La Antigua Guatemala, y aunque varios llegamos con algo de modorra postalmuerzo, lo logramos superar gracias a creativas dinámicas. Allí nos esperaban don Arturo y Evelyn, quienes nos recibieron con mucha información valiosa… ¡y un par de sorpresas!
El grupo se fue integrando poco a poco, hasta que una dinámica inesperada logró capturar por completo nuestra atención. Evelyn nos pidió cerrar los ojos. Mientras lo hacíamos, nos acercó un depósito en donde había encendido incienso y mirra, esencias tan presentes en la Semana Santa antigüeña. Nos invitó a imaginar que estábamos en plena procesión, caminando junto a los cucuruchos, entre el humo, los rezos y el sonido de la marcha fúnebre. Fue un momento breve, pero profundamente evocador y relajante. Por un instante, sentimos el peso simbólico de las andas, el aroma sagrado flotando en el aire y el silencio que acompaña a la devoción.
Como si eso no fuera suficiente para elevar el ánimo, nos ofrecieron fresco de súchiles súper heladito. El fresco de súchiles es una bebida tradicional fermentada de origen mesoamericano, elaborada con frutas como piña y papaya, panela (dulce de caña), especias y hierbas aromáticas o flores. Su nombre proviene del náhuatl xochitl, que significa “flor”, y hace referencia a su aroma y preparación ceremonial. Estaba delicioso, refrescante y simbólicamente conectado con todo lo que habíamos vivido ese día. Ese pequeño gesto nos revitalizó y llenó de energía para continuar.
En su exposición, don Arturo nos habló sobre los orígenes de la ciudad, remontándose a los tiempos de la llegada de Pedro de Alvarado en 1524, quien, aliado con los cakchiqueles, derrotó a los quichés y fundó Santiago de los Caballeros en el Valle de Almolonga. Sin embargo, tras un devastador alud en 1541, la ciudad se trasladó al Valle de Panchoy, dando origen a lo que hoy conocemos como Antigua Guatemala. Luego, en 1773, los terremotos de Santa Marta destruyeron gran parte de la ciudad, obligando a su reubicación en el Valle de la Ermita, la actual Ciudad de Guatemala. Aun así, La Antigua resistió entre ruinas y desmantelamientos, conservando su encanto colonial.
Aprendimos también con don Arturo que el diseño urbano de Antigua es una obra maestra. El ingeniero militar Juan Bautista Antonelli trazó las calles en forma de cuadrícula, con la Plaza Mayor como punto central. Desde aquí, las calles se extendían hacia los cuatro puntos cardinales, flanqueadas por edificios clave: al este, la Catedral de San José; al sur, el Palacio de los Capitanes Generales; al oeste, el Portal de las Panaderas; y al norte, el Palacio del Ayuntamiento. Este diseño no solo facilitaba la orientación, sino que también reflejaba el orden jerárquico de la época colonial. Don Arturo tenía mucho más que contarnos acerca de estos edificios, pero el tiempo se acabó y superó, y aún faltaba una parada más que atender.
Don Arturo también señaló que en sus inicios la plaza era una especie de mercado al aire libre, en donde se realizaban trueques y transacciones. Con el tiempo, evolucionó de un espacio de tierra a un parque con fuentes y jardines.
Por su parte, Evelyn nos contó detalles sobre la fuente, resaltando sus características históricas y de diseño, pero a la vez nos compartió un posible origen oscuro, una leyenda local con aire de misterio. Con Evelyn aprendimos que la Fuente de las Sirenas fue construida en el siglo XVIII durante la época colonial. Fue diseñada por el reconocido arquitecto Diego de Porres, hijo del maestro Joseph de Porres. Es uno de los ejemplos más notables del arte urbano barroco en la ciudad. Lo más llamativo de esta fuente no es solo su belleza escultórica, sino la presencia de cuatro sirenas en su base, mujeres míticas con torso humano que están amamantando.
Según la tradición oral, existió el conde de La Gomera, de origen español, que tuvo cuatro hijas, pero estas se negaban a cumplir con su rol materno y no quisieron amamantar a sus propios hijos. El conde, indignado, las condenó a muerte por lo que consideró una falta imperdonable. Luego, en un intento de eternizar su castigo —o tal vez como una forma de redención simbólica—, mandó a esculpir la fuente con figuras de mujeres amamantando, como recordatorio público de lo que debía ser una madre ejemplar. Aunque no hay evidencia documental que confirme esta historia, el relato sigue vivo y le da a la fuente un aire mítico.
Evelyn también nos indicó que una réplica exacta de estas sirenas puede apreciarse hoy en el Museo de Santiago, ubicado en el antiguo Palacio de los Capitanes Generales, justo frente al mismo parque.
Luego, Evelyn nos mantuvo expectantes con más leyendas que circulan en torno al parque, y nos contó una relacionada con Café La Condesa, famoso lugar en el Portal de las Panaderas. La leyenda gira en torno a la relación entre un conde y su mayordomo, marcada por los celos del conde. Se cuenta que el conde, movido por sus sospechas, mandó a enterrar vivo a su mayordomo en una pared. Un terremoto posterior provocó el derrumbe de la pared, donde se encontró un esqueleto, supuestamente el del mayordomo. Se menciona que el hallazgo ocurrió en el servicio de damas del café.
Otra leyenda que Evelyn nos comentó en torno a los alrededores del parque fue la de La Tatuana. Según la tradición oral, La Tatuana era una mujer muy hermosa y sabia, que vivía en Santiago de los Caballeros durante la época colonial. Tenía fama de conocer plantas curativas y secretos del más allá, por lo que pronto fue acusada de brujería por los sectores más conservadores. Fue arrestada y encarcelada en el Palacio del Ayuntamiento, adyacente al Parque Central. Allí, en una de sus frías y oscuras celdas, aguardaba su ejecución.
Sin embargo, en la víspera de su sentencia, ocurrió lo impensable. La leyenda dice que La Tatuana pidió un pedazo de carbón y una tablilla de madera. Nadie se lo negó, pues pensaban que solo quería escribir alguna última oración. Pero esa noche, con gran concentración, dibujó en la tablilla la imagen de un barco con velas abiertas, y luego, con palabras que nadie entendió, invocó su libertad, convirtiéndose en nahual. Al amanecer, los guardias abrieron la celda… y ella había desaparecido. Solo quedó la tablilla con el dibujo del barco. Muchos aseguran que La Tatuana escapó navegando en aquel barco mágico que dibujó, y que desde entonces su espíritu recorre los pasillos del Ayuntamiento.
Bueno, mucho más que decir sobre el Parque Central y sus alrededores, pero Rudy ya nos esperaba allí mismo para guiarnos a nuestra parada final de esta jornada.

Sexta y última parada: Capuchinas, entre sobriedad e integración grupal
Rudy nos guió desde el Parque Central, no solo demostrando una gran habilidad para manejar al grupo, sino con un ánimo contagioso que, si alguien aún no se había recuperado de la modorra del almuerzo, él lo logró. Nos encaminó por unas cinco cuadras hasta llegar a nuestra sexta y última parada: el Convento de las Capuchinas.
Ya frente a la fachada, Rudy nos explicó que este conjunto arquitectónico destacaba por su sobriedad. A diferencia de otras iglesias y conventos de Antigua Guatemala, cuya ornamentación barroca se muestra en fachadas ricamente decoradas, el de Capuchinas fue concebido con una estética más austera, en coherencia con la vocación de humildad de las monjas capuchinas.
Nos señaló que el edificio fue inaugurado en 1736 y que fue el último convento que se construyó durante la época colonial en Santiago de Guatemala. Su nombre oficial es Convento e Iglesia de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza, aunque todos lo conocemos simplemente como Capuchinas. Aquí vivieron las religiosas capuchinas llegadas desde Madrid, mujeres que hacían votos de pobreza absoluta y vivían con muy pocas comodidades, en claustro total hasta la muerte.
Desde la entrada ya se percibe la intención original: muros sencillos, portones robustos, columnas sin ornamento. Todo habla de una vida monástica centrada en la oración, el silencio y la penitencia. Lo que parecía al inicio un edificio sencillo terminó por sorprendernos con su complejidad interna, pero esa parte… merece su propio espacio. Así que continuamos con Rudy hacia el interior.
El primer lugar interior al que nos dirigió Rudy fue un salón enorme, icónico y lleno de encanto: el antiguo refectorio del convento, el comedor principal de las religiosas. Hoy en día, este espacio ha adquirido fama por ser escenario de bodas de ensueño, ya que su estructura amplia, sus techos altos y sus muros de piedra crean una atmósfera mágica, ideal para eventos inolvidables.
Allí, Rudy nos habló más a fondo sobre la vida de las monjas que habitaban este convento. Aunque las monjas capuchinas hacían votos de pobreza y vivían en condiciones austeras, muchas de las jóvenes que ingresaban al convento provenían de familias de altos recursos económicos o linajes importantes de la época colonial.
Esto se debía a que, en muchas ocasiones, ingresar a la vida religiosa era también una forma de mantener o reforzar el estatus familiar. Las familias podían pagar una dote significativa para que sus hijas fueran aceptadas en conventos como Capuchinas, lo cual garantizaba tanto su “honorable” futuro como cierto nivel de influencia social y religiosa. Aunque renunciaban a sus bienes al tomar los hábitos, el convento se beneficiaba de las aportaciones familiares, que ayudaban a sostener la vida monástica.
Rudy también nos contó que, a pesar de su origen acomodado, la vida dentro del convento era sumamente estricta. Las monjas dormían en celdas separadas, hacían largos ayunos, guardaban silencio gran parte del día y seguían una rutina enfocada en la oración y la penitencia.
Así que, una vez comentado todo esto y después de hacer una breve parada en una cripta subterránea dentro del convento, donde hay una imagen de una monja fallecida a modo de ilustración, Rudy nos condujo a uno de los espacios más emblemáticos y únicos del Convento de las Capuchinas: el famoso claustro circular de las celdas individuales, también conocido como “el torreón”. Este sector del convento es verdaderamente singular en toda América, ya que cuenta con aproximadamente 18 pequeñas celdas dispuestas en forma circular, alrededor de un patio central.
Allí, Rudy nos propuso una dinámica muy poderosa: cada uno debía colocarse frente a una de las celdas, y luego ingresar a ella imaginando que ese sería el espacio donde viviríamos el resto de nuestros días, hasta la muerte. Sin teléfonos, sin ruido, sin estímulos externos. Solo el eco del propio interior.
Fue uno de los momentos más introspectivos de toda la jornada, una pausa serena y reflexiva en medio del ritmo del recorrido. Además, el momento sirvió como integración grupal, ya que el profesor Guillermo Cuéllar aprovechó para hacer fotos panorámicas del círculo que entre todos habíamos formado, cada cual en una celda.
Luego de eso, Rudy nos llevó a un sótano oscuro y frío, donde nos explicó que el pecado tenía consecuencias para estas monjas y que eran sometidas a crueles castigos cuando incurrían en él. Nos hizo hacer sentadillas de pared hasta que nos dolieran las piernas, haciendo alusión a que ese sufrimiento no se comparaba con los procesos de castigo que ellas soportaban. Eso sí, admitió que ante la resistencia que mostramos en el ejercicio, la mayoría estábamos capacitados para subir junto a él el volcán de Acatenango, su jornada más cotidiana como guía de turismo.
Salimos del sótano y nos despedimos en un jardín interior con una foto grupal.
Y así terminó nuestra primera jornada de pruebas. Por mi parte, súper satisfecha con la experiencia y súper orgullosa de mis compañeros y compañeras, de quienes aprendí mucho y quienes, en mayor o menor grado, le pusieron todo el empeño y cariño a la actividad.



Los nuevos profesionales guias de turistas… con orgullo les mostrarán las maravillas de Sacatepequez
Gracias por todo lo que nos ha enseñado, profe! 🙂
Excelente blog! me regreso en el tiempo.